Muchos son los que dicen ser community manager, pocos los que lo son. Sí, es cierto, vivimos en la era de los autónomos, los emprendedores, el momento de la apuesta por la pequeña empresa, y cualquiera con un poco de habilidad puede gestionar las redes sociales de un negocio, marca o chiringuito. Que sí, que cualquiera puede hacerlo. Pero no cualquiera puede hacerlo bien.

No es la intención de este post desacreditar a aquellos que trabajan sin estar avalados por una gran agencia o un reconocido posgrado. Todo lo contrario. Queremos defender la profesión y la importancia de este trabajo.

La gran controversia de este gremio es que para ser community manager no se requiere una titulación específica, por lo que aquel que haya visto un par de tutoriales en Youtube puede llamarse a sí mismo community manager e, incluso, sacar un buen beneficio. Sin embargo, igual que no es garantía de buen profesional el haber estudiado en un centro de prestigio, tampoco lo es el ser el más hábil de las redes ni el más popular en sus perfiles personales. Si se valoran las figuras de los asesores fiscales, los agentes inmobiliarios y las agencias de publicidad… ¿por qué no la del commnity manager? ¿acaso la responsabilidad y la dificultad de ocuparse de la imagen de una empresa en el mundo online es menor que la de llevar los gastos, buscar un local o inventar un eslogan?

La gestión de las redes sociales requiere de un plan de marketing estratégico, que el community manager ha de elaborar en función de los objetivos de cada empresa. Además, implica una dedicación constante, para ofrecer el debido servicio de atención al cliente y al usuario de las redes, para una correcta dinamización del contenido y de la interactuación con otros perfiles. Para hablar con el público en tiempo real (que es una de las principales cualidades de las redes sociales), para adaptar el contenido al medio (no, no es lo mismo escribir un informe de resultados anuales que captar la atención de los usuarios para que lo lean) y para producir suficiente contenido de forma constante, entretenido para el lector y que, a la vez, hable de la marca.

Además, ha de estudiar. Porque sabe de redes, pero no tiene por qué saber de sus clientes. Necesita estudiar sobre la marca y el sector, y el público al que se dirige y para el que escribe. Debe, también, hacer de parachoques entre los intereses de la marca (que siempre querrá hablar de sí misma) y el público (que busca todo tipo de información), buscando un constante equilibrio. Debe actualizarse sobre las peculiaridades de cada una de las redes sociales, que están, por cierto, vivas, y nacen, crecen y se reproducen.

Y, sobre todo, debe tener mucho mucho cuidado. Cuidado de no meter la pata demasiado (siempre hay lugar para las erratas y pequeñas equivocaciones, que al fin y al cabo son humanos también, los community managers), cuidado de estar centrado en su trabajo y no pendiente de que lleguen o no los pedidos y “se nos olvide actualizar las redes”.

Si nos metemos en la sociedad digital, hay que cumplir. Del mismo modo que hay un protocolo en las relaciones personales, lo hay en las relaciones digitales. Si se hace, que se haga bien. Porque de la otra manera serás mediocre. Estarás por estar, y eso no vende.

Cuesta mucho pagar por algo que creemos que podemos hacer “nosotros mismos”, pero el trabajo merecerá la pena. Nos ahorraremos dolores de cabeza y sustos innecesarios. Sólo hay que encontrar a un buen community manager. Porque no vale cualquiera.

Y lo sabemos por experiencia.